PATAREI MEREKINDLUS | LA ANTESALA DEL MAL

foto: David Rodriguez Santos

Siempre es bastante complicado transmitir en fotos las experiencias vividas. Pero en algunos casos, esto se muestra casi imposible.

Este es el caso de esta foto, quizás uno de aquellos momentos que por su dureza y crueldad me acompañarán siempre. Y es por ello, la necesidad de relatarlo.

 

Patarei. Fortaleza militar, hospital de tuberculosos, campo de concentración alemán, campo de concentración soviético y más tarde, prisión de máxima seguridad gestionada por el KGB. Esconde decenas de habitaciones, patios y rincones, en las que sucedieron historias terribles y aún hoy, al entrar en Patarei parece que no haya pasado el tiempo. Desde jeringuillas y trapos ensangrentados, en una sala de operaciones que todavía rezuma heter, hasta los recortes gastados de mujeres de revista pegados en la pared. La prisión permanece tal y como se dejó el día que la cerraron. Hace apenas 14 años.

A sus espaldas quedan miles de muertos. Prisioneros políticos y criminales encerrados juntos en cuartos sin ventilación, habitados por 40 personas cuando estaban destinados a 14, sin ver la luz del sol y calentándose a 20 o 30 bajo cero, gracias a hacer fuego en sus propias mantas y hervir agua con cables eléctricos. Presos que se suicidaban a través de tragarse sus propios dedos. Una sala en la que un verdugo sentaba a los prisioneros en una silla de madera, con la soga al cuello, y los dejaba caer en un agujero excavado en el mismo suelo de la habitación. El árbol del patio, donde dejaban colgados durante días los cadáveres de presos políticos, a modo de advertencia y recordatorio… Todos esos espacios y la gran mayoría de la cárcel estaban abiertos a la mayoría del público.

 

¿Porqué la zona más al sudeste de la fortaleza permanecía bajo llave? Después de entrar en la mayoría de salas del recinto, consciente de las barbaridades que allí se habían cometido. ¿Porqué aquel ala del edificio estaba cerrada al público? ¿Qué oscuros secretos aguardaban al otro lado de la verja?

 

foto: David Rodriguez Santos

 

Una noche de invierno, junto con mi hermano David, decidimos averiguarlo. Una historiadora, que había realizado su tesis sobre Patarei, nos abrió la reja del patio interior, no sin antes advertirnos, si realmente queríamos entrar en aquel espacio. No sabíamos que estábamos a punto de atravesar la antesala del terror.

Gracias a la linterna que llevaba la mujer nos adentramos en la primera de las estancias, donde unos cubículos con viejos teléfonos revelaban una antigua sala de visitas. A partir de ahí, bajando unas escaleras, nos adentramos en lo que parecían ser una especie de mazmorras. Al poco tiempo, nos encontrábamos en la sala de torturas. La guía nos dió un artilugio metálico, lo que parecía ser entre una especie de tridente y una porra policial. Mientras sujetaba aquel objeto, la señora nos contó cómo los carceleros lo utilizaban para paralizar y apalizar a los presos desnudos en aquella misma habitación. Pero lo peor estaba por venir.

En la sala contigua, al abrir una puerta metálica nos encontramos en una habitación minúscula con un desagüe justo en centro. Las paredes de aquella estancia son las que aparecen en esta foto. En una pequeña tela fijada en la pared, los presos desnudos debían apoyar los codos y la frente, momentos antes de recibir un balazo en la cabeza. En el pasillo otros presos aguardaban su turno, escuchando los gritos, llantos y el terrible final que presagiaba lo que estaba por venir.

En esta sala hubieron cientos de ejecuciones hasta el año 95 (4 años después de la independencia de Estonia). Los cadáveres se enterraban en una fosa común a 17 kilómetros de Tallinn, y de estos solamente se guardaba su registro apuntando sus siglas en ruso, para que fuera más difícil identificarlos.

En mi mente siempre recordaré aquella sala, en cuyas paredes rojas se encuentran posadas decenas de mariposas negras. Más que nunca haciendo honor a las creencias, como anunciantes del mal augurio y de la muerte.

 

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